

Había nevado. Y el espacio que delimitaba la ciudad parecía frágil, franqueable, inocente. Era más humano y algo más viejo. Turístico. Sin rencores. Sin alambradas. Esta vez los soldados no hacían ronda en los aledaños; de hecho se fueron hace tiempo. El frío era un enemigo mayor que cualquier ideología. Me decidí a pasear muy cerca comprendiendo tu impasividad obligada, tus murales oxidados por la fotografías, las preguntas sin respuestas, los piquetes frustados, las historias en dos: el espérame que vuelvo y el no me olvides nunca. Dividir siempre es restar. Inevitable pensar en las imágenes de otros muros como este de Berlín. Si del pasado se aprende... ¿Qué pasa con Gaza y su franja -trinchera-?La integración. ¿Utópico? Al llegar al monumento a los judíos, entre la puerta de Branderburgo y la plaza Potsdamerplatz, el corazón deja de latir. Todo es gris, precisamente, uno de los efectos que quiso subrayar el arquitecto estadounidense Peter Eisenman. 2.711 bloques de hormigón (sin ninguna inscripción) le susurran al viandante los pormenores del Holocausto. Es una obra que te hace partícipe de la historia. Los bloques de distintos tamaños al aire libre te van secuestrando el ánimo. Agobia. Falta aire. Y allí, en una de las esquinas, la imagen, la vida, un impulso de oxígeno: dos niños judíos jugando con la nieve.
